SOBRE TRIBUS URBANAS Y OTRAS PERMANENCIAS

El ser humano suele moverse buscando el equilibrio entre polos opuestos. Con respecto a su dimensión social, al mundo de los iguales. Cada uno de nosotros responde a dos necesidades, primero encontrar una serie de individuos con los que pueda contar, compartir, dar y recibir ayuda, establecer una serie de relaciones reciprocas que le permitan la supervivencia y mejorar sus condiciones de vida. En este grupo establece un código de pertenencia, una serie de señales visibles que le permitan distinguirlos dentro del gran grupo social. Esas señales de pertenencia: ropa, gustos musicales, actividades de ocio, modelos de referencia se van asumiendo en función de la integración y del temor a quedarnos fuera en un momento determinado.

Al mismo tiempo que trabaja la integración dentro de su grupo, el individuo debe marcar también las diferencias que le separan de otros grupos a los que no pertenecen y con los que no ha establecido relaciones de cooperación reciprocas. Debe además alejarse de cualquier muestra externa de pertenecía: ropa, música, actividades de ocio etc.

Las sociedades humanas se han hecho tan grandes y complejas que dentro de una misma ciudad funcionan multitud de tribus urbanas sin apenas un ligero roce. Con la excepción de aquellos grupos que establecen el rechazo o la violencia contra un colectivo como un símbolo de identidad.

Este tipo de lazos se establece durante la adolescencia y primera juventud. Nos ayuda a terminar de consolidar y definir nuestro proceso de individualización y nos permite una serie de experiencias necesarias: amistad, primer amor, celos… para definir nuestra individualidad y nuestra madurez como adultos. Durante un tiempo, todo lo importante, sucede dentro del grupo de referencia. Mientras tanto se ve a los padres como estorbo necesario. Como un antiguado marco de referencia fundamentalmente económica.

Las experiencias de este tiempo son definitivas, están ligadas a la juventud y al fenómeno de la primera vez, por lo que tienden a marcarnos para siempre. Tanto es así que terminamos identificando con esta experiencia como símbolo de identidad personal y terminamos llevando el mismo peinado, una ropa parecida cuando ya somos mayores y cualquier atisbo de ese movimiento social quedo sepultado hace tiempo dentro del baúl de la memoria.

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